Nos llegan manuscritos por mail, por recomendación, a veces en papel dentro de un sobre. La mayoría los leemos en menos de veinte páginas. No porque seamos impacientes, sino porque en veinte páginas ya sabemos si hay algo ahí adentro que vale la pena seguir buscando.
Lo que buscamos no es fácil de definir. No es el tema, no es el género, no es si el autor tiene seguidores en Instagram. Es algo más parecido a una voz: esa sensación de que hay una persona detrás de las palabras que tiene algo genuino para decir y encontró —o está encontrando— su manera de decirlo.
Cuando ese algo aparece, empieza la parte larga.

Leemos el manuscrito completo. Lo discutimos. A veces lo dejamos reposar una semana y lo volvemos a leer. Después viene la conversación con el autor o la autora: no para cambiar el libro, sino para entender qué quiso hacer y si lo que llegó a la página es lo que tenía en la cabeza. Muchas veces hay una distancia entre las dos cosas, y ahí empieza el trabajo editorial de verdad.
La edición no es corregir errores. Es una conversación larga y a veces incómoda sobre qué sobra, qué falta, qué capítulo está en el lugar equivocado, qué personaje no termina de respirar. Un buen proceso editorial puede durar meses. Los mejores libros que publicamos tardaron más de lo que cualquiera hubiera querido.
Después viene el diseño, la corrección, la impresión, la distribución. Cada paso tiene sus propias decisiones y sus propios imprevistos. Pero todo empieza ahí: en esas primeras veinte páginas donde algo — todavía difuso, todavía en construcción — nos dice que vale la pena seguir leyendo.
Publicamos poco y con cuidado. No porque seamos lentos, sino porque creemos que cada libro que sale con nuestro nombre tiene que ser uno que realmente quisimos hacer.