Hay un lugar donde se escriben las peores pesadillas. Ahí es donde Flor Canosa ubicó su escritorio, acomodó su silla y escribió la totalidad del libro que tienen en sus manos, porque Post Mortem es una pesadilla, un horror vívido, una cruel abominación. Y todo esto es un halago, porque en épocas de insensibilidad y maquinalidad, una prosa feroz es en una misma instancia una agresión y una terapia. En épocas donde la motosierra se ha convertido en un elemento del enemigo, la prosa de la autora muerde, corta y eviscera con la misma contundencia, pero con hambre de cambio.
Si el cuerpo de las mujeres es, como dice Rita Segato, el campo de batalla en el que se trazan los mapas de una guerra socio-política, la lucha de Canosa es usar esos mismos cuerpos como una herramienta de denuncia. Un grito, no de auxilio, sino de bronca y lucha. No se mueve con esperanza de rescate, se mueve con la idea de causar tanto espanto que traume.
El mundo de Post Mortem es uno de muerte fría y desalmada que convive con una vida pulsante, descontrolada y abrumadora. Son elementos que chocan todo el tiempo. Y en el medio está el sexo como una puerta que a veces conecta a ambos y otras veces lleva a un tercer lugar, inenarrable. Estos mundos habitan en párrafos que pueden repeler a los estómagos más débiles o shockear e indignar a las sensibilidades frágiles, pero no se confundan, el verdadero grotesco no está en el gore de sus hechos, sino en el acto de desnudar nuestra realidad.
Post Mortem repele e hipnotiza con la misma facilidad. Usa los elementos de un género que fagocita los cuerpos y el sufrimiento para subvertir la forma en la que habla de nuestros monstruos internos, metidos bien adentro de la carne. Si el splatterpunk es un género que muestra lo frágil que son los cuerpos humanos, Canosa lo utiliza para revelar una existencia donde todo hiede a tripas, donde las instituciones están tan podridas como los cadáveres y donde la muerte no siempre es el escape a los males que nos acechan.
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